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Sociedad

La sociedad venezolana se ha formado como un proceso desigual, lo cual no es nada sorprendente y responde además de a las influencias históricas tradicionales, como parte del imperio español, a otras que se derivan de la influencia del petróleo. La sociedad venezolana ha sido predominantemente vista desde el ángulo histórico como una sucesión de acontecimientos en el tiempo o como el resultado o efecto de ciertos factores determinantes. Pero no han abundado las visiones que reúnan la interacción de los hechos e influencias, en áreas como las de cultura, economía y política entre otras, ni mucho menos las que le atribuyan importancia al modo de vivir, a los hábitos y usos cotidianos.
Este es el enfoque desde el cual se presenta aquí un tema que por sí mismo podría constituir un esfuerzo enciclopédico. Las aproximaciones originales al tema se alimentaron de la evocación anecdótica o memorialista, por anotaciones, observaciones de viajeros o cronistas extranjeros, el más famoso de los cuales fue Alejandro de Humboldt. Fueron los positivistas quienes desde fines del siglo XIX y especialmente en el actual, iniciaron un debate más riguroso sobre la configuración y sustancia de la sociedad. Más tarde, los marxistas han ensayado su metodología, la cual pone énfasis sobre líneas parciales del proceso histórico. Nuevos sociólogos, influidos por Emile Durkheim, Max Weber, Schumpeter, Talcott Parsons, entre otros, se han incorporado a los analistas. También los que desde el ángulo de la teoría de la dependencia, de tanta divulgación en América Latina, desde el decenio de 1960, insertan el proceso social del país dentro de los rigurosos moldes de la economía internacional y las relaciones de subordinación que en ellas se originan. En la mitad del decenio de 1980 la sociedad venezolana ofrece un cuadro variado y complejo a los ojos de los analistas, especialmente por los usos, costumbres, hábitos y tensiones de la sociedad urbana, los índices de criminalidad, los fenómenos de transculturación, movimientos migratorios internos y externos, la violencia política y no política, las drogas, las características del consumo y por encima de todo, el impacto de la riqueza originada por el ingreso petrolero. Sin olvidar que no sería integral la percepción de la sociedad venezolana contemporánea sin relacionarla con el sistema político, el cual, desde 1958, ha acumulado un grado significativo de estabilidad. La investigación sobre la sociedad venezolana se profundiza especialmente con el aporte y contribución de los antropólogos, los especialistas en nutrición, los geógrafos, criminólogos, historiadores, politólogos, economistas y toda la numerosa familia de expertos en las ciencias sociales. Hay un flujo constante y creciente de datos, investigaciones, interrogantes, destinados todos a enriquecer esta visión.
Identidad, ruptura, continuidad, homogeneización, unificación
Un examen de la sociedad venezolana debe mirar hacia las líneas de continuidad y ruptura, identidad y conflicto, homogeneidad y unificación. Durante el período colonial la tensión entre las clases, castas y estamentos ocupó gran parte del escenario. Los blancos peninsulares y criollos, los mestizos, los pardos y los indios, tuvieron entre sí serios distanciamientos los cuales se vieron reflejados en la violencia que adquirieron tanto la Guerra de Independencia (1810-1823) como la Guerra Federal (1859-1863). A fines del siglo XVIII, las provincias que formaban la capitanía general y que después constituyeron la República de Venezuela tenían una población aproximada de 800.000 habitantes, divididos globalmente así: 400.000 pardos (50%), 200.000 blancos (25%), 120.000 indios (14%) dispersos y alrededor de 64.000 esclavos (8%). La mayor concentración demográfica se producía en lo que después fue la región norcentral de todo el país y en menor grado en partes del llano (actuales estados Cojedes, Portuguesa, Barinas y Apure); la población de origen africano se agrupaba predominantemente en el centro del territorio. Esta estructura demográfica, básicamente relacionada con parte de la geografía, sin comunicación activa entre las diversas regiones, por el obvio aislamiento territorial, no vino a adquirir una relativa unidad administrativa sino después de 1776-1777, cuando se integran en la Intendencia de Ejército y Real Hacienda y la Capitanía General, lo cual fue consecuencia de la política centralizadora de los Borbones. La identidad nacional, sin embargo, tiende a formarse en la guerra, no obstante que gran parte de ella fue un conflicto civil, doméstico, interno, entre las clases que habían nacido en el orden colonial. Pero la Guerra de Independencia produce una ruptura la cual constituye pieza central en la evolución social y política posterior. La conciencia nacional nace de la ruptura política con España. Para los fines tácticos de los episodios militares y para los estratégicos de la guerra esa ruptura era explicable. Venezuela salió de la unidad del imperio español y de inmediato comenzó a depender del mundo anglosajón capitalista. Las tendencias centrífugas, atomizadoras, pulverizantes, de la sociedad postcolonial, comenzaron a fluir desde todos los costados. Los caudillos encarnaron la fuerza centrífuga.
La búsqueda de la identidad ha sido un afán continuo de los países hispanoamericanos después de la independencia. Esta indagación tiene mucho que ver con la perplejidad creada por la separación de España. Algunas veces se ha concentrado en uno solo de los períodos históricos o en una sola de las razas que componen el mestizaje. Eso suele hacer olvidar que el hombre latinoamericano es el producto de una totalidad de influencias culturales y de tiempos históricos que no se excluyen sino que se suman y se integran. La identidad es resultado del conjunto. Dentro de esas estimaciones es importante interrogarse sobre la continuidad del proceso histórico venezolano. Hay quienes valoran más las líneas de ruptura que las de continuidad. Desde el punto de vista social no hay duda que la guerra de separación interrumpe un curso normal de acontecimientos predecibles y que altera las bases de la sociedad. Después de 1810 la guerra impone un grado de violencia, de contradicción, de pugna y tensión entre lo que fueron las castas y estamentos coloniales y el conflicto tiene un efecto devastador. Cuando termina la guerra, a mediados del decenio de 1820, la antigua capitanía general era irreconocible, así era de grande la destrucción, empobrecimiento y perturbación originados por la contienda. La Guerra de Independencia promovió el ascenso social de quienes habían formado los ejércitos. La propiedad de la tierra obtenida como compensación por los méritos y sacrificios en la lucha se concentró en unos cuantos favorecidos, varios de los cuales ejercerían también el poder político, como fue el caso de José Antonio Páez, los hermanos José Tadeo y José Gregorio Monagas y otros. Pero no por eso quedaron solucionados los desajustes sociales ya que los niveles de desigualdad continuaron después del establecimiento de la República en 1830. Frente al país urbano que buscaba fórmulas de compromiso civil emerge otra realidad más extensa e impredecible, de clara raíz rural, que irrumpe continuamente frente al sistema político imperante y que termina por destruirlo definitivamente en 1863, con la culminación de la Guerra Federal. Es ésta la más representativa de las rebeliones venezolanas. Conflicto social de gran proporción y duración, pues se desarrolla durante los años que van desde 1859 a 1863 y termina por destruir las pocas bases que quedaban de la economía colonial. La Venezuela de fines del siglo XIX no quería parecerse en nada a la de 1830, 1840 o 1850. El país quería nacer de nuevo y dividir claramente los diferentes períodos de la historia como si no existiese ninguna continuidad. Y aunque esto también ocurrió con la Independencia, conviene preguntarse, si a pesar de todo, las inevitables continuidades no eran mayores que las discontinuidades. Si el hombre, la cultura, la economía, el comportamiento, los hábitos, eran iguales ¿cómo podía ser diferente la historia que artificialmente se hace nacer un día determinado? Puede que sean engañosas algunas apariencias. Es cierto, por ejemplo, que con frecuencia se derogaban, se reformaban o se modificaban las constituciones. Pero no por eso cambiaba la realidad del sistema político, por más que sí puedan encontrarse rasgos distintos entre la llamada República conservadora posterior a 1830 y la liberal de 1850 o la autocrática de 1870. Las características generales de la sociedad y de los sistemas de producción, de los hábitos de trabajo y de la cultura política, sufrían menos alteraciones que las anunciadas por proclamas, manifiestos y discursos, muestras más de la retórica que de las realidades del cambio social.
La ruptura y la continuidad son así 2 hechos esenciales en la historia y en la interpretación de la sociedad venezolana. No se puede, por lo tanto, intentar una definición de la identidad nacional sin una mirada integradora sobre la totalidad de los componentes. Ni debe olvidarse, tampoco, el proceso de unificación e integración del país. Venezuela surgió de la unificación de provincias separadas unas de otras por las disposiciones del Estado español. Una primera etapa unificadora se cumplió en las décadas finales del siglo XVIII con la creación de la Intendencia, la Capitanía General y la Real Audiencia, todas con sede en Caracas, y la elevación del obispado de Caracas a arzobispado a comienzos del siglo XIX. Otra durante la Guerra de Independencia, cuyo hecho más sobresaliente desde el punto de vista estratégico fue la estimación hecha por Simón Bolívar de que no podría triunfar si no buscaba un centro geográfico territorial. Debía ser un punto de referencia político y logístico-militar. Ese fue Angostura. El llano era un escenario pero también un núcleo de abastecimiento. La asociación de Bolívar y Páez fue una alianza con la realidad del territorio. El efecto unificador de la contienda es indudable desde este punto de vista. Pero también desde otros. Ideas de nación, de patria, de unidad geográfico-política realmente no existían, no sólo por la falta de comunicación y el aislamiento físico sino porque conceptualmente cada provincia estaba separada de las otras. La unidad nacional es siempre un proceso. Al principio puede inspirarse en una abstracción o en un ideal. Pero para que tenga sentido tiene que ser un hecho real, basado en la necesidad de comunicarse para un fin y de unirse con una intención permanente. La unidad nacional no puede ser abstracta. El mar, la costa, fue la primera realidad de Venezuela. Por ella se inició la conquista, después de la llegada de Cristóbal Colón. Más tarde la colonización permanece en relación con la costa. Las primeras defensas militares eran, antes que todo, una respuesta de país costero, invadible por el mar, en una época en que el imperio español se enfrentaba a la poderosa rivalidad de franceses, británicos y holandeses. Por otra parte, la colonización buscaba las tierras más propicias para cultivar los frutos exportables y que tenían mercado externo, independientemente del absolutismo económico del Estado español que fue durante mucho tiempo un factor limitante. Los valles entre las cordilleras costeras y el llano eran propicios, sanos, fértiles, abrigados, con agua suficiente. En la altura de las cordilleras también había regiones adecuadas. Pero durante mucho tiempo el proceso político se reduce a parte del occidente y del oriente costero y el llano. Rivalidades y tensiones interregionales se reflejaron sobre el comportamiento político de la nación. Curso lento, desigual, contradictorio. El centro, es decir, parte de lo que era la provincia de Caracas, la cual emprendía varios de los estados actuales (Miranda, Aragua, Carabobo y Cojedes) fueron sometidos a las presiones rurales que venían del occidente, del oriente y del llano. Cuando a fines del siglo XIX, ya en el umbral del siglo XX, un grupo de audaces soldados andinos invade el centro y se adueña de los comandos centrales del poder, la nación termina de integrarse, con un curioso efecto incidental: las partes que componían la geografía tradicional ganan en cohesión desde la acometida andina. Posteriormente, las vías y los medios de comunicación como el automóvil, el camión, el autobús, la radio y por último el avión y la televisión terminan de redondear el círculo de la integración y de la cohesión nacional. El impacto del ferrocarril, presente desde las 2 últimas décadas del siglo XIX, no fue notable porque salvo las vías que comunicaban entre sí a La Guaira, Caracas, Valencia y Puerto Cabello, las demás líneas se hallaban inconexas y por otra parte el desarrollo ferrocarrilero resultó truncado por la competencia de la carretera y del vehículo automotor, aunque ambos medios de transporte hubieran podido y debido complementarse.
Las nuevas generaciones han recibido la unificación como un hecho natural. No siempre perciben que ha sido un hecho histórico acumulativo, contradictorio y a veces traumático. La unificación se hace pareja con otro hecho sobresaliente: la centralización. Venezuela es un Estado centralista a pesar de la definición que ofrece la Constitución vigente. Dice ésta en su artículo 2º: «Venezuela es un Estado federal en los términos establecidos en esta constitución». La centralización influye enormemente en el comportamiento de la sociedad. Desplaza las decisiones hacia arriba y hacia el centro. Este hecho repercute en la economía, ya que las industrias y las fuentes de producción y de empleo tienden a concentrarse en un área del territorio, no sólo porque allí está el mayor volumen de población sino porque allí se toman las decisiones. Todo lo que se aleja de la capital, se distancia también de la influencia y de la presión. La electrificación ha neutralizado un poco esta circunstancia, ya que las industrias pueden así situarse más y más lejos. Por otro lado, los esfuerzos descentralizadores administrativos no han tenido mayor éxito, como parece desprenderse de la actuación de la mayoría de las corporaciones regionales creadas en el último cuarto de siglo. Desde un punto de vista sociológico, la centralización ha contribuido a la urbanización, pero de un modo peculiar. La población que se agrupa en ciudades no es consecuencia de la industrialización sino de la aglomeración en búsqueda de oportunidades diversas. En la época en que se concentraron las obras públicas en Caracas (1948-1958) mucha gente se desplazó a la capital. Más tarde la urbanización fue consecuencia del relativo fracaso de las diferentes políticas agrarias emprendidas y de los bajos niveles de producción y de productividad en el campo. Sin embargo, en los últimos años esta tendencia se ha frenado algo, debido a diversas causas, entre las cuales se cuenta la presencia de los centros poblados surgidos de la reforma agraria, así como el aumento de la producción agropecuaria en volumen y remuneración. A pesar de esto, el proceso de la aglomeración urbana ha sido, en gran parte, ruralización de las ciudades porque el campesino que emigra del interior transporta con él sus hábitos sin cambiarlos por los de la cultura urbana. Al desubicarse se desarraiga de su Ecología, de su sistema de vida y de su ambiente afectivo. Esto produce un trauma muy común en las grandes áreas urbanas de Suramérica y del Tercer Mundo, en algunas de las cuales se producen fenómenos de contradicción y de violencia social, de criminalidad e inseguridad, cada vez más notorios. La antropología de las ciudades de Venezuela constituye ahora un auxiliar indispensable de su espectro sociológico. Existe un habitante, pero no siempre un ciudadano envuelto realmente en el sistema político y económico. La gente que se agrupa sin un enlace verdadero con los mecanismos de producción y de solidaridad forma módulos de comportamiento no integrados. Los avances anteriores hacia la integración y la unidad nacional vienen después a ser frenados u obstaculizados por esta circunstancia. Hecho no menos importante que los anteriores es el progreso registrado en la homogeneización del país. Venezuela es hoy un país más homogéneo, fuera de sus áreas de marginalidad; y podría tal vez pensarse que incluso éstas conservan ciertos rasgos comunes, por diferente que sea la procedencia geográfica de sus componentes. Elemento vertebral en la homogeneización ha sido la televisión. La prensa y la radio habían hecho un buen recorrido en este sentido, pero vino a ser la imagen con su poderoso alcance la que ha fortalecido algo que podría llamarse el semblante nacional. Hay hoy un tipo de venezolano, mujer y hombre, cada vez más parecido, con hábitos y conducta más semejantes, con trajes, estilos e inflexiones de la voz menos diferentes. El consumo de drogas se ha expandido creándose así problemas similares en las diferentes regiones. El tipo de delincuencia también se nacionaliza, es decir, se extiende para hacerse menos regional y más típico. Los cambios en la voz, en los modos de articular las palabras y de la entonación, coinciden con cierta unificación en el lenguaje de la juventud, el cual es en parte, derivado de expresiones codificadas por la subcultura del hampa nacional o internacional. Hecho todavía no estudiado suficientemente pero evidentemente importante en una nación en la cual la juventud forma más de la mitad de la población. El traje tradicional del venezolano ha cambiado. El bluejeans no es testimonio accidental de una subcultura sino tendencia a la simplificación en términos universales. La importación de este estilo coincide con un elemento climático: la temperatura ambiente ha subido en las ciudades. La infraestructura urbana, la limitación o reducción de las áreas verdes, el tráfico de automóviles, y en general, todo el movimiento de superficie, han ido haciendo un clima tropical más riguroso. El costo de la vida, por otra parte, convierte algunas de las prendas tradicionales de vestir en artículos de lujo. La informalidad en los hábitos, más fácil de extenderse en una sociedad básicamente igualitaria, se refleja claramente en el tipo de vestido del venezolano de esta última parte del siglo XX. La homogeneización puede tener, en algunos aspectos, su contrapartida negativa, pues podría aniquilar las culturas locales y regionales y destruir la diversidad originada en la geografía. Tal vez si se fortalece la vida local y regional desde el punto de vista institucional y económico, podrían compensarse las tendencias uniformadoras y estimular un balance entre una sana homogeneización y una vital diversidad. Asunto nada simple ni nada fácil, especialmente en un país cuyas características políticas y sociales, así como el origen y la estructura de su ingreso, lo hacen depender tanto de un núcleo central.
La sociedad y el medio natural y geográfico 
El medio natural ha gravitado fuertemente sobre los procesos políticos y sociales. El llano es un actor fundamental en la historia y en la sociedad del siglo XIX, como la costa y el mar lo fueron en los siglos XVI y XVII. La montaña andina sucedió a la influencia de los 2 primeros a comienzos del siglo XX. El Orinoco no tuvo durante muchos años la influencia que cabría esperar de un río de su importancia; la colonización y el poblamiento se realizaron lejos del gran río. Para una población escasa bastaba con los recursos hidráulicos tradicionales. Un precario desarrollo industrial tampoco solicitaba gran apoyo hidroeléctrico. Pero una vez que este recurso comienza a estar presente nuevas perspectivas se abren y desde ese momento la hidroelectricidad se incorpora a un proceso de crecimiento nuevo, básicamente situado al sur del Orinoco. Energía eléctrica, acero y aluminio, bauxita y uranio, integran ahora un complejo geoeconómico y geopolítico destinado a repercutir en el futuro de la sociedad venezolana. A eso es preciso agregarle la faja petrolífera del Orinoco, la cual representa el gran acontecimiento económico y tecnológico destinado a ser uno de los hitos que contribuirá a marcar la frontera entre el siglo XX y el XXI. El medio natural ofrece serias perspectivas a Venezuela. Para eso se requerirá un conjunto de decisiones. La faja petrolífera es un desafío importante. Hay allí una cuantía de petróleos pesados; pero su explotación requerirá precauciones ecológicas considerables. Así también la denominada «conquista del sur», en la cual habrá que hacer compromisos entre lo que es económicamente aprovechable, lo que puede ser organizado como espacio para poblaciones o asentamiento de ciudades y el equilibrio y defensa de la naturaleza. Nuevas ciudades para el futuro, poblamiento de algunas áreas en las fronteras del sureste y del sur son, en algunos casos, verdaderos retos. El peso de la capital y del centro (con la conurbación Valencia-Maracay-Puerto Cabello), es todavía muy decisivo y no puede decirse que hasta hoy la vida regional haya cobrado un impulso definitivo. La arquitectura urbana, no obstante la ausencia de un estilo predominante, ha tendido a reproducir las formas caraqueñas y las ciudades, sin un centro efectivo y dispersas por el crecimiento de suburbios residenciales o simplemente el agregado de población marginal, siguen creciendo sin mayores controles ni planificación. Algo en común registra una característica nacional: los espacios urbanos concebidos para los automóviles y en la concepción de las vías predomina la ingeniería de carreteras. El habitante, el ciudadano, el peatón, recibe poca consideración en el urbanismo venezolano. La ausencia de nomenclaturas racionales en las áreas urbanas y el movimiento de tierras en áreas verdes contribuyen a deformar el rostro del espacio habitable. Son pocos todavía los parques en las ciudades y pueblos de Venezuela, aunque a partir de 1960 se ha progresado bastante en ese sentido. Las antiguas plazas conservan poco de su reposado aire provinciano del pasado. Existe como un automático impulso hacia la uniformidad, en gran parte consecuencia de la centralización y del peso psicológico de la capital. A este hecho sociológico se agrega otro también histórico: la falta de conservación y mantenimiento. Hay como la idea de un eterno comienzo, de un volver a empezar, de un inaugurar permanente. Mucho tiene que ver esto con la abundancia de recursos que el ingreso petrolero ha puesto en las manos de la gente y del Estado; pero también a un hecho cultural tal vez proveniente de la antigua movilidad de los aborígenes, una gran parte de los cuales no fueron sedentarios en Venezuela, muy diferentes en eso a los de otras regiones de América. La crisis económica de los últimos años ha obligado tanto al sector público como al privado a revalorizar el concepto del mantenimiento y la conservación, pero se trata de un proceso que apenas se inicia. Venezuela es un país sobrepoblado en unas áreas y despoblado en otras. La población se concentra en el tórax del territorio y se reduce en otras partes del cuerpo geográfico. La marginalidad ha introducido un elemento imponderable en las ciudades ya que a veces ocupa hasta lugares del centro de las poblaciones y no solamente superficies adyacentes. Mucho de este sector marginal está constituido por gentes de países vecinos, especialmente de Colombia, cuya totalidad, en todo el territorio no se conoce con precisión, pero no parece ser menor de 1.000.000. La disgregación y la integración fueron elementos centrales de la evolución política nacional. A través de esos 2 procesos se articula la sociología venezolana.
La sociedad y el orden histórico
La característica más sobresaliente de la visión que se ha tenido del país es la caprichosa división en períodos históricos, generalmente separados unos de los otros. Varios historiadores promueven su propia nomenclatura y no siempre se salvan las líneas de continuidad. El hecho cierto es que Venezuela cuenta más de 300 años de vida colonial y algo menos de 200 de vida republicana. La historia suele valorizar más la ruptura que la continuidad y esto suele oscurecer la visión de algunos hechos fundamentales. La visión del sociólogo y del historiador social tiene que proceder con cautela para no perder de vista los empalmes o enlaces de la vida social. No son la herencia indígena ni la africana las que más pesan en la cultura, sino el ascendiente hispano; pero el mestizaje, cualquiera que sea la fuerza de los componentes, es un hecho patente. El pueblo venezolano autodescribe orgullosamente su composición social como «café con leche». La vocación igualitaria es una nota sobresaliente de la sociedad. Así que el mestizaje no genera mayores traumas, agregándosele después de la Segunda Guerra Mundial el aporte de la inmigración extranjera, la cual ha sido parte fundamental del progreso de la era petrolera. Un hecho todavía por conocer, con datos estadísticos y estudios antropológicos, es la desviación que podría marcar la mezcla con los nuevos factores de la población marginal y de la denominada «cultura de la pobreza». El orden histórico representa mucho en el desarrollo social, pero es imposible establecer una identificación mecánica entre divisiones metodológicas de la historia nacional y comportamientos sociales, puesto que éstos suelen pervivir y manifestarse de igual o de diferente manera en momentos distintos. La historia se hereda a sí misma y esto a veces se olvida. Imaginarse que Venezuela comienza el 19 de abril de 1810 sería una aberración dialéctica, y colocar todo el énfasis en el período de la Independencia equivale a amputar 300 años de vida colectiva. La Venezuela moderna es básicamente el tiempo del petróleo, el cual ha ejercido mayor influencia que la caña, el añil, el cacao y el tabaco de la era colonial y el café de la republicana. Bajo los autoritarismos tradicionales de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, así como en la apertura a las libertades políticas de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita y en el período de estabilización democrática del último tercio de siglo, el petróleo ha estado presente. Es más: es el actor por excelencia en el escenario histórico. La evolución social es continua, se quiebra en unos rasgos y se afirma en otros, pero fluye dentro de la corriente histórica. No pocos de los comportamientos actuales del venezolano tienen sus raíces en el tiempo colonial y hasta el hecho básico de que el Estado sea el beneficiario directo del ingreso petrolero es consecuencia del regalismo español.
La sociedad y el orden político
El orden político está inevitablemente ligado a la sociedad. Separados del imperio español, el cual era, antes que todo, un orden, los elementos estamentales, las castas y segmentos, organizados bajo el ambiente jerarquizador del sistema colonial, influido por las nociones de la economía esclavista e inspirado en el punto de partida esencial de que las clases eran desiguales ante el derecho, se produce un colapso. Las formas y estructuras de la producción durante más de 300 años crearon las bases de una sociedad agropecuaria que se abastecía a sí misma y se beneficiaba de la exportación; y la pugna por obtener beneficios mayores y más libres de ésta determinó en gran medida el comportamiento de la clase dirigente en el momento crucial en que entra en crisis el poder del imperio como consecuencia de la invasión napoleónica. Esa estructura dirigente, dueña del símbolo de la importancia social pero carente de poder político, por su educación, por su relativo refinamiento, era un ambiente propicio para que prendieran en ella los fuegos de la inconformidad alimentados por la independencia de Estados Unidos y por la Revolución Francesa. La vitalidad y movilidad de los soldados venezolanos durante la Guerra de Independencia son efecto de la sociedad agropecuaria. El llanero se vuelve soldado porque el caballo y la carne le proporcionan una capacidad de movimiento incomparable en ese momento. El sistema político de la primera etapa de la restaurada República de Venezuela (1830-1858) es el que mejor representa un período de transición entre la Colonia y la República, entre la guerra formal y declarada y la guerra más o menos permanente que se cubre con los nombres de contienda civil y caudillesca, la cual no era más que la representación de la dispersión del poder. Cuando el poder logra centrarse en un caudillo dominante, ya sea Páez o Monagas y más tarde Antonio Guzmán Blanco o Joaquín Crespo, hay paz y sosiego. El caudillismo latinoamericano es el producto del fraccionamiento de los derechos del Estado, de su debilidad, de su pobreza. Cuando el poder regresa a manos de un jefe único, como Cipriano Castro o Juan Vicente Gómez, vuelve a haber paz, a expensas de importantes libertades cívicas; y en el caso de Gómez se configura otra realidad no menos determinante: el petróleo. El sistema político gomecista se endurece y se afirma porque el Estado comienza a recibir, desde 1914, los beneficios del nuevo ingreso. El fisco, que hasta ese momento era una frágil caricatura, empieza a alimentarse. Los mecanismos de la economía internacional aparecen en la escena. El país se inserta dentro de sistemas de poder y de influencia que desbordan sus fronteras. La sociedad local, tradicionalista, usuaria de tecnologías ancestrales, con una economía urbana esencialmente artesanal y mercantil, se enlaza con la comunidad económica internacional y con tecnologías y sistemas de organización extranacionales. No bastará, desde ese momento, con que el poder político se afirme sobre sus bases domésticas sino que requerirá también una legitimidad foránea, no estrictamente basada en valores sino en beneficios concretos que se exportan. El petróleo ha tenido un efecto estabilizador. Sus ingresos han servido para calmar y hasta colmar ciertas presiones sociales, y a veces, para anestesiar impaciencias. Afirmó al gomecismo y al sistema político autoritario y su alcance estabilizador benefició a la democracia, predominantemente en los últimos 30 años, después de haberle dado no poco oxígeno a los gobiernos de transición postgomecistas (1935-1945), ensayos liberales ampliamente positivos. El ingreso permite una relativa distribución, desigual y hasta caprichosa, pero finalmente distribución. Eso le da piso al poder político. Sólo que desde 1973, con el aumento violento de los ingresos, el efecto equilibrador se transforma en un aumento de las expectativas el cual ha debilitado, por el endeudamiento, la inflación, el desempleo y la sobredimensión de planes y proyectos, la estabilidad creciente que la Nación fue adquiriendo desde 1914. El sistema político, no obstante las diferencias de perfil entre las formas autoritarias y las liberales y democráticas, ha conservado líneas sorprendentes de continuidad. El hecho de que el petróleo sea el distribuidor del ingreso ha nutrido la concepción del capitalismo de Estado que es hoy una realidad concreta y costosa, la cual ha contribuido no poco al endeudamiento actual. El Estado ha estado en el centro del sistema y ese es el rasgo más notorio de la sociedad actual.
El hombre, los recursos y la estructura social
La población venezolana en 1979-1980 creció a una tasa del 3,1%. El 42% es menor de 15 años de edad; el 54% es mayor de 20 y sólo el 3% es mayor de 65 años. Se considera que el 82% de la población es alfabeta y sólo el 18% iletrados. La densidad para 1971 era de 11,9 habitantes por km2. Los hábitos, los modos de vivir del venezolano han cambiado sustancialmente después del final de la Segunda Guerra Mundial en 1945. La declinación de la agricultura ha influido en la alimentación. El 3% del territorio es usado para agricultura; el 20% para ganadería. Alrededor del 76% de la gente vive en poblaciones de más de 100.000 habitantes. La urbanización también influye en los hábitos y en los patrones de consumo. Los usos y hábitos alimenticios siguen muy de cerca a los cambios sociales. La carne, la leche, hortalizas y frutas se consumen más en los estratos altos. En los más modestos, los huevos, las leguminosas, el maíz y la pasta. El trigo aporta el 17,5% del caudal calórico y el 23% de las proteínas. Los cereales, importados en más de un 70%, aportan más del 40% de las calorías y de las proteínas de la dieta humana. La alimentación animal también depende de la importación de sorgo y soya. La naturaleza del consumo hace aún más vulnerable la dieta del venezolano. El problema nutricional varía de región en región. Mientras las deficiencias nutritivas aquejan a los niños menores de 5 años en Portuguesa en un 26%, sólo el 10% se ven afectados por la misma situación en Lara. Pero no es sólo la reducción de la población rural y el aumento de la urbana sino también la modificación en el volumen de las clases sociales. Las clases I y II (alta y media alta, respectivamente), pasaron del 1% en 1930 al 20%, 50 años después. Esto tiene importancia en varios sentidos. Para interpretar la cuestión alimenticia es necesario examinar la estructura social. De acuerdo a FUNDACREDESA el 20% de los venezolanos pertenecen a las clases I, II y III(media), la clase IV (proletaria) está conformada por el 42% y la V (marginal) por el 38%. Las deficiencias alimenticias influyen en varias diferencias y aptitudes que no son genéticas, étnicas y raciales sino sociales. Los niños de la clase V maduran más lentamente y uno de 5 años usa 40% menos palabras que uno de la clase I, II y III. Otros hechos impresionan en relación con la alimentación. En Carabobo, Portuguesa y Yaracuy, regiones muy cercanas, se encontró que el consumo de proteínas era el adecuado pero el de calorías era el 24% menos que el requerimiento mínimo. La estructura social influye sobre todos los aspectos del comportamiento. Las clases más favorecidas (alta, media alta y media) son más voluminosas en Caracas que en el interior y las proletaria y marginal, son más significativas en la provincia. La desigualdad social, la pobreza y la marginalidad se reflejan en el peso al nacer y otras medidas del niño, datos a los cuales se les atribuye importancia en los estudios realizados. Debe considerarse, sin embargo, que es muy difícil hablar de clases sociales en América Latina, pues no hay un proletariado verdadero y extenso; en cambio el sector informal y marginal sube constantemente. Por otro lado, las fuerzas productivas urbanas han sido inhábiles para absorber la fuerza de trabajo. Las políticas nacionales premiaron más a la población urbana que a la rural y esta es en parte la razón por la cual las ciudades se congestionaron y se hacen explosivas y superpobladas. El término «proletariado» es más convencional que real porque con frecuencia se incluye en esa denominación actividades no productivas, no estables y más bien artesanales u ocasionales propias del sector informal. El proletariado, en estricto sentido, ha de estar ligado a la industrialización.
Magia, azar, destino. Influencia racionalizadora del inmigrante
Entre las líneas de continuidad y de ruptura se encuentran diversas características del pueblo venezolano, algunas de las cuales son ancestrales y vienen del fondo de la historia y otras se han incorporado a la sensibilidad colectiva como consecuencia de diversos acontecimientos. En el siglo XX el más sobresaliente de todos ha sido el petróleo, en el aspecto aquí considerado como en varios otros. Una de esas características es el papel de la magia y el azar. No es posible entender la sociedad sin detenerse en este punto crucial. La gente espera siempre que algo bueno puede torcer el rumbo de la vida. La mano de Dios se extendió generosamente sobre el subsuelo y puso el petróleo. Humboldt y los naturalistas europeos venidos a América admiraron la naturaleza y la encontraron pródiga. La gente tuvo la intuición que frente a este ambiente no era necesario hacer mucho. Las cosmogonías indígenas solían tener un fondo mágico. El cristianismo trajo una doctrina del más allá, de una instancia suprema y de un plano metafísico y trascendental. Los africanos aportaron otra fuerza mágica y supersticiosa. El hecho es que el mestizo reunió todo y el resultado es una creencia muy extendida en la buena y en la mala suerte, una credulidad a veces exagerada en el milagro y la buena fortuna con sus consiguientes reversos dramáticos: la maldición, el mal de ojo, la brujería, la mabita, la pava y otras formas populares de expresar la perplejidad telúrica. La magia, mezclada con el cristianismo, ha producido devociones, creencias y supersticiones. La idea de fiesta, asociado a los santos, traduce íntimos sentimientos colectivos. La fiesta patronal es una mezcla del milagro y el goce, de la superstición, la magia y la fe. Extraordinaria combinación cultural capaz de producir devociones y sorprendentes adhesiones multitudinarias. El hombre que espera piensa que un arte indirecto, oblicuo, misterioso, puede arrimarlo a la buena fortuna. Esta espera es en definitiva esperanza. De allí que la brujería, como artesanía de la magia, del milagro y la suerte, haya reunido tantos elementos a su alrededor. Las más viejas nociones sobre el destino, sobre la lectura de la mano o de las cartas combinadas con polvos y esencias que sirven para repudiar o para atraer, para defenderse o para persuadir. Las carreras de caballo reúnen todo este caudal mágico. Se confía en que de un día para otro la riqueza puede favorecernos. La apuesta y el juego del 5 y 6 constituyen símbolos muy representativos del estilo de vida y del sentimiento nacional. Su funcionamiento continuo puede servir de referencia para estudiar las reacciones colectivas. La creencia en la suerte no es un acicate para el desarrollo económico. Afortunadamente este sentimiento mágico y lúdico ha venido a ser parcialmente compensado por la afluencia inmigratoria, la cual llegó a niveles considerables después de 1945. Los españoles, italianos y portugueses, así como los núcleos que se desplazaron desde el centro de Europa, trajeron sus hábitos metódicos, su confianza en el trabajo, su actividad y experiencia y aportaron un esfuerzo sin el cual no se hubiese podido emprender la modernización que hoy conocemos. En las construcciones urbanas, en los planes agrícolas, como Turén, en la distribución de alimentos, en los pequeños restaurantes de las carreteras y ciudades grandes o pequeñas, la huella del inmigrante ha dejado su rastro cultural. La productividad en el trabajo y el sentido del ahorro, son también activos fundamentales del inmigrante europeo. Lamentablemente esa inmigración se detuvo aduciéndose que restaba trabajo a los criollos y que era inconciliable con la alta tasa de crecimiento de la población. Años después el aporte europeo fue sustituido por la anárquica inmigración clandestina hispanoamericana, cuyas cifras exactas son difíciles de conocer.
¿Pueblo alegre o pueblo triste?
Las reacciones del venezolano ante el destino dan pie para formularnos esta pregunta: ¿es un pueblo triste o alegre? La alegría, dice el Diccionario de la Real Academia Española, se manifiesta por signos exteriores. Es un grato y vivo movimiento del ánimo, a veces sin causa determinada. Hay palabras, gestos o actos con que se manifiesta el júbilo. Del otro lado, la tristeza es pesadumbre, melancolía. Lo triste puede ser doloroso, enojoso, difícil de soportar. Decía José Antonio Páez: «...téngase muy en cuenta que no son los venezolanos gentes que deploran males en silencio; antes, pecan y han pecado siempre por tratar de curarlos con remedios heroicos, al primer amago de dolor...» La cuestión es más importante de lo que parece y su análisis puede tener alcances sociológicos y políticos y gran significación práctica cuando se aplica al trabajo, a la productividad y a la solidaridad social. Es preciso abordar el tema con cautela, pues no es fácil extraer conclusiones y evidencias. Es bien distinta la actitud del ánimo en las clases altas y pudientes que en las menos favorecidas. Los dichos, las expresiones del venezolano harían pensar que hay una predisposición a la tristeza. Hay expresiones fatalistas y otras catastrofistas y apocalípticas. Una inclinación a imaginar que algunas situaciones son irremediables. En la música y en la pintura a veces se refleja la situación social del país y la falta de estabilidad política del pasado. Suele haber algo melancólico en la música de algunas regiones y en los temas de las canciones populares. El arte colonial estaba impregnado de los valores españoles, pero, ¿no tenía también su tristeza? En un momento dado el heroísmo y el machismo, producto de los valores y referencias impuestos por las guerras civiles, interfieren las tendencias del alma nacional. En zonas áridas o flageladas por el hambre y las enfermedades tropicales no es fácil alimentar un optimismo. Las guerras civiles dejaron también su huella al valorizar ciertos sentimientos destructivos. Se hacen patentes temas como la madre ausente o muerta, la mujer desengañada, la novia lejana, la patria distante. La tertulia urbana tradicional solía adquirir la forma de la maledicencia con un fin denigrante y hasta destructivo. Era violencia social traducida en violencia verbal, expresa o encubierta. Luego, un hecho esencial: la idea de la muerte, los ritos de la despedida y el sentido del adiós. La vocación por el trabajo es una actitud alegre del ánimo. ¿Cómo se ha reaccionado ante la crisis o coyunturas económicas? Ayer se decía: «amanecerá y veremos» o «a nadie le falta Dios». El «Dios proveerá» es la posición ancestral de seres esclavos, enfermos o pobres que no confían en la voluntad y en el esfuerzo. Cualquier ejercicio de futurología tendrá que juntar la alegría para el trabajo, la cual en gran parte viene de la nutrición, de la educación y de la motivación, con el afán de hacer, nada de lo cual es tradición en los países latinoamericanos.
Las aptitudes
De todo esto se desprende la gran interrogante sobre las aptitudes. En primer lugar, parece estar bastante claro que la capacidad es un hecho social y no genético, ya que la alimentación y los estímulos influyen en la habilidad y la destreza de una colectividad para determinados quehaceres. Es igualmente notorio que la inversión en salud y enseñanza mejora los rendimientos. Lo que se ha llamado la «flojera» criolla, la ineptitud o el desgano del venezolano para el trabajo, puede mirarse ahora como algo mucho más complejo. Se ha opinado que proviene de la injusticia, de la alimentación y de la explotación. La literatura nacional es abundante en alusiones al «chinchorro» y la «hamaca» como símbolos de la postura perezosa o indolente. Otros hablan del clima. Pocas veces se menciona un elemento primordial: la fisiología del trabajo en climas tórridos, la cual puede ser orientada a obtener el mayor rendimiento en las horas más propicias y con la alimentación adecuada. Es importante considerar dentro de este aspecto el perfil motivacional. En los países subdesarrollados, dice el sociólogo Talcott Parsons, vale más el ser que el hacer y la relación económica no es específica sino difusa. La motivación para el logro, como la formula el profesor Mac Clelland, es débil, tanto más cuanto que se ha identificado que la motivación más fuerte es la vocación de poder. Puesto que el desarrollo económico es también la consecuencia de un ánimo colectivo, es preciso entonces señalar que no se obtienen los grados óptimos sin la motivación correspondiente. La indolencia ha existido como rasgo de la sociedad y no ha sido exclusiva de las estratificaciones más bajas del cuerpo social. Una sociedad más integrada será también una sociedad más motivada. La transculturación obtenida a través de la industria Petrolera, la cual usó en el momento de su implantación tecnologías muy avanzadas para el nivel de desarrollo nacional, ha demostrado que con una gerencia adecuada, con una organización eficiente, el pueblo venezolano desarrolla aptitudes que lo hacen hábil para tareas complejas de coordinación y de ejecución. Ejemplo de eso ha sido el trabajo y el fruto obtenido en las refinerías y en los campos petroleros. La eficiencia del sector vino originalmente de la gerencia y tecnología extranjeras con la mano de obra venezolana lo cual permite postular que los rendimientos pueden alterarse de acuerdo con los perfiles motivacionales.
Ética y sociedad
La Guerra de Independencia desmoralizó gran parte de la población. Con todo, concluida la contienda sobrevivieron ciertos valores tradicionales de la moral hispana, mezcla de caballerosidad, hidalguía y rectitud. Pero la violencia fue muy dura y prácticamente el país vivió en ella durante 100 años (1810-1908). Domingo de Monteverde y José Tomás Boves no sólo aniquilaron a la Primera y a la Segunda República sino que afectaron las bases de la moral colectiva. La clase dirigente fue destruida y 30 años después vino la Guerra Federal, la cual en su primer año provocó el incendio de oriente hasta occidente y también los valles del Tuy. No había palmo de tierra que se salvara, dice Laureano Villanueva en su Vida de Zamora. Más de 100.000 muertos quedaron tendidos en el teatro de la guerra y más de 3.000 personas fueron a la cárcel. Desde el comienzo de la Independencia, la incertidumbre y la inseguridad se adueñaron del pueblo venezolano. Es muy difícil edificar en estas condiciones una ética nacional. A la violencia social y anárquica es preciso sumar la que se aplicaba desde el poder. El comportamiento social se arraiga en estas rivalidades. La moral privada pudo sobrevivir numerosas veces, en distintas partes del país, en parte por la influencia cristiana. Pero la deshonestidad pública fue un hecho frecuente y hasta escandaloso en el siglo XIX porque no había una neta separación entre el interés público y el privado. El país pobre también vivía de su picaresca, como lo revelan las anécdotas y episodios de Francisco Tosta García en Memorias de un vividor. Después, la corrupción se fortalece con el petróleo cuando ya intervienen también factores internacionales y una capa de abundancia se forma alrededor del Estado. Más adelante aparecen las expectativas de consumo, los hábitos, los nuevos modos de comportamiento que influyen en la calidad moral de la conducta. A través de su evolución social y política, Venezuela ofreció grandes muestras y ejemplos de firmeza en la conducta y en la actitud moral. Los símbolos y puntos de referencia de la nación siempre fueron éstos no obstante que a veces tales valores fueron ocultados por las reiteradas ofensivas de la violencia o de la inmoralidad y la corrupción, las cuales pudieron crecer con la abundancia porque la prosperidad no estaba antecedida o acompañada de sólidos respaldos éticos.
El hombre y las cosas
El símbolo más representativo de la Venezuela del siglo XX ha sido el automóvil. Es una manifestación del status, de la importancia, de la jerarquía, del poder, de la influencia y del atractivo personal. Reemplazó al caballo como signo de «machismo» y de persuasión social. El automóvil se adueñó de la imaginación y se ha hecho servir en todas las formas. La gente se sacrifica para adquirirlo y las infraestructuras urbanas y viales se acomodan al aumento del tráfico automotor. La gasolina barata subsidió inicialmente el automóvil dentro y fuera del mercado nacional. Las calles y las ciudades se acomodan para el tránsito de vehículos. Las antiguas aceras se recortan y se quita espacio al peatón, al transeúnte, al ciudadano para brindárselo al nuevo conquistador. El vehículo de motor ha influido en la vida nacional más que ningún otro instrumento y es protagonista de toda una cultura. Ha ofrecido movilidad, pero ha dificultado el transporte. Fundándose en la circunstancia de ser país petrolero se desarrolló una doctrina de supuesta economía minera según la cual no se debían construir ferrocarriles porque aquí era más barato el transporte automotor. Pero pasajeros y carga, desde el punto de vista del transporte, hubiesen sido llevados y traídos de modo más eficiente y barato por el ferrocarril. La cultura del automóvil es individualista, competitiva, exhibicionista, consumista y despilfarradora. Como ha habido dinero en abundancia se adquirieron los modelos más sofisticados, los cuales al demandar mantenimiento se los sustituía por otros nuevos y más avanzados. La repercusión de este hecho sobre otras áreas del comportamiento tiene efectos incalculables. El mantenimiento no fue concepto popular en una sociedad que se acostumbró a sustituir las cosas sin extraer de ellas el máximo racional de duración y servicio. La convivencia con las cosas ofrece ahora un reto fundamental a una nación con menor abundancia. La convivencia del hombre con las cosas, con los hechos mecánicos, con las comunicaciones, han tenido influencia fundamental en la vida de la Venezuela moderna. Ha aumentado la información y la movilidad. El «fin de semana», la «segunda casa» o residencia para vacaciones representada a veces en conjuntos de apartamentos en playas y montañas, el contacto más frecuente entre el interior y la capital, el uso del avión, muestran, a simple vista, un nuevo modo de vivir muy poco parecido al lento acontecer de la sociedad tradicional. En 1978, año culminante, se produjeron 103.467 automóviles, 52.079 camiones, 22.802 jeeps y 3.146 tractores con un componente local de 50%. Esa industria tenía una capacidad de empleo de 20.000 personas. Al final de 1979 había 61.800 km de vías terrestres, 22.600 km de ellas de primera clase y 14.500 km caminos de tierra. El mismo año había 2.520.000 de vehículos contra 1.590.000 en 1975. En comparación, sólo existían 212 km de ferrocarriles del Estado y 197 km de las compañías de hierro. En 1978 viajaron por ferrocarril 364.000 pasajeros y 163 t de carga. En cambio, por aire, en 1978 viajaron 7.902.000 pasajeros contra 737.000 en 1970. Hay puertos para recibir y movilizar 8.800.000 t de carga en 1978 contra 4.500.000 en 1973. En 1978 había barcos con un tonelaje de 232.000. En 1979 había 1.075.042 líneas telefónicas locales. Se calcula que para esa fecha existían 77 teléfonos para cada 1.000 habitantes. En el año en referencia, circulaban 51 periódicos diarios con un tiraje total de 2.042.000 ejemplares. Se vendieron 950.000 entradas al cine. En 1976, había 1.431.000 televisores y 5.000.000 de radiorreceptores. La relación del hombre con los hechos mecánicos no ha sido óptima. Los tractores abandonados o sin mantenimiento adecuado, al igual que las maquinarias de obras públicas, los vehículos del Estado y también los particulares, el transporte público, enseñan claramente que no hay armonía entre la conducta social y las exigencias mínimas de la civilización técnica. Los bienes públicos no merecen consideración de la sociedad y tal actitud se refleja en su deterioro. Un caso excepcional, indicador de que esa actitud puede ser modificada, es el del Metro de Caracas, del cual se han puesto en servicio 3 líneas y se prosigue su construcción; este transporte urbano funciona con un alto nivel de eficiencia y es también notable el nivel de disciplina y de conservación de los usuarios en general. El proceso de modernización es inevitablemente contradictorio. Una sociedad que no produce las herramientas que usa, está limitada en la comprensión de su naturaleza y de sus fines. Los países industrializados inventaron o fabricaron ellos mismos sus artefactos mecánicos. Esta circunstancia crea una relación diferente a los de una nación que importa esos productos sin adquirir simultáneamente la cultura que los concibió. Desde el punto de vista sociológico la tecnología presenta serias dificultades de ajuste en los países en desarrollo, tanto más cuanto que los procesos de urbanización no resultan de la industrialización sino de la simple emigración desde el campo por la insuficiencia de la agricultura para ofrecer empleo y posibilidades.
Informática y sociedad
Este contexto se vuelve más complejo con la irrupción de la informática. ¿Cómo manejarla en una sociedad generalmente ineficiente? Venezuela salta a los computadores sin haber alcanzado un funcionamiento regular en servicios como el correo. Debido a los satélites es más fácil comunicarse con Hong Kong que entre la capital y lugares cercanos a ella. La ausencia de mantenimiento de las máquinas tradicionales pone de manifiesto una actitud social que no es compatible con la fluida normalidad que requiere la informática. El computador va a introducir un nivel de exigencias muy riguroso y es posible que la transculturación que genere contribuya también a reajustar ciertos hábitos colectivos. La informática no podría enfrentar mágicamente las exigencias de organización y de eficiencia. Es en definitiva el hombre como tal, el único que puede realizar esa transformación. Pero no cabe duda que la informática, los recursos del espacio, las comunicaciones y la transmisión internacional de la imagen son elementos poderosos que tendrán influencia concreta en la evolución social.
Energía y sociedad
Durante el siglo XIX la sociedad venezolana vivió un agudo conflicto entre el liberalismo económico y la sociedad agropecuaria. La ley del 10 de abril de 1834 sobre la libertad de los contratos puso de relieve las contradicciones entre los intereses de la economía mercantil urbana y la sociedad agropecuaria, base de sustentación de la riqueza nacional. El café fue el principal fruto de exportación de la República, como el cacao lo había sido de la Colonia. Después de la Independencia se rompe el vínculo económico con España y la pequeña nación recién iniciada tiene que acomodarse, en una posición más vulnerable, a las demandas de la economía internacional. La implacable regla de la división internacional del trabajo comienza a tener sus efectos y las importaciones ejercen su influencia en la modificación de los hábitos de consumo. Pero el hecho culminante, destinado a mayores repercusiones sociales, fue el petróleo, el cual desde 1914, comienza a estar presente. Más tarde el uso de la energía en forma creciente y hasta excesiva, por el bajo precio de la gasolina y la desproporcionada compra de automóviles, ha tenido también un efecto fundamental. En cuanto a la energía, Rafael Alfonzo Ravard, ex presidente de Petróleos de Venezuela expresa: «Durante estos veinticinco años, entre 1920 y 1945, las estadísticas sobre uso de energía son escasas y casi inexistentes. Sin embargo, podemos afirmar que la utilización de la energía en Venezuela estaba entre las más bajas de Latinoamérica, aun contabilizando la que se utilizaba en la industria petrolera. El país disponía de toda la energía que hubiese querido utilizar a los precios más bajos del mundo, pero aparentemente no podía sacarle provecho a estas ventajas». Hubo, pues, una era petrolera no energética. Las cifras correspondientes a 1945, citadas en el texto anterior revelan como el consumo total de energía alcanzó la cifra de 970.000 t de petróleo equivalente (18.600 b/d), de los cuales, más de la mitad lo consumía la propia industria petrolera. Del resto, aproximadamente un 45% era gasolina para transporte, un 26% se consumía en la industria manufacturera, 19% en el comercio y los hogares y finalmente un 10% para generar electricidad. Todo esto representaba un consumo de 223,5 kw por habitante. En comparación, la producción de petróleo alcanzó la cifra de 46.200.000 t, lo que equivale a 886.000 b/d, es decir, 50 veces el consumo interno. La diferencia se exportaba. La capacidad de refinación de la industria petrolera llegaba apenas a 42.000 b/d. La red de oleoductos alcanzaba una longitud de 1.613 km y 92 km la de gasoducto, fundamentalmente utilizados en la propia industria petrolera. La electricidad y el gas son elementos relativamente nuevos en la sociedad venezolana. La electrificación y el uso de cualquier otro tipo de energía, venida del agua, del carbón o geotérmica, favorecen la descentralización porque permiten extender territorialmente la industrialización. Por la presencia de sus otros recursos energéticos no ha puesto Venezuela atención suficiente en la energía nuclear. El uso de la energía plantea, por otro lado, numerosos problemas respecto al medio ambiente. Una conducta frente a la naturaleza será obvia consecuencia del tipo de comportamiento social, del estilo de vida. Sin olvidar que no todo desarrollo humano ha de basarse exclusivamente en aumentar el consumo de energía, ya que se pueden aplicar tecnologías locales, artesanales, que aprovechen conocimientos acumulados por la tradición, para dar lugar a una producción autóctona capaz de hacerse presente. El prestigio de las chimeneas está asociado a las ideas clásicas del crecimiento económico. Pero la armonía de la sociedad y un promedio razonable de felicidad y realización colectiva supone también la utilización de otros recursos.
La nueva dimensión
Las dimensiones económicas y sociales del país han cambiado. Los ingresos fiscales que en 1925 llegaron a Bs. 120.000.000 subieron en 1930 a 255.000.000, en 1940 a 329.000.000 y en 1945 a Bs. 660.000.000. Las exportaciones fueron creciendo de Bs. 276.000.000 en 1925, 743.000.000 en 1930, a 887.000.000 en 1940 y a Bs. 1.120.000.000 en 1945. El país del comienzo de la era petrolera tenía 2.500.000 h y el de 1980 alrededor de 15.000.000. La bonanza económica traída por la explotación de los hidrocarburos ha producido un constante incremento de los presupuestos anuales del sector público, tanto en la Administración Central como en la cada vez más importante Administración Pública descentralizada (industrias del Estado, corporaciones regionales, institutos autónomos, etc.) Este hecho ha supuesto un ascenso de las expectativas de los diversos sectores de la sociedad venezolana, pues en una situación de abundancia se espera y se pide más, a la vez que se acrecienta la tentación de la demagogia populista en el campo político. La situación que hizo crisis a comienzos de 1983 ha venido a chocar con este proceso de expectativas crecientes. Actualmente, Venezuela cuenta aún con numerosos recursos humanos, económicos y financieros para enfrentar los retos actuales, pero el ajuste de aquellas expectativas con la realidad es obra del futuro



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